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Españoles en América: emigrar en tercera clase

Su odisea comenzaba en los pueblos de origen y no terminaba con la llegada al país de destino. El libro “Pasajeros de tercera clase” refleja la historia de los emigrantes españoles a América a principios del siglo XX a través de las Memorias de viaje de los Inspectores de Emigración

Ilustracion sobre el trabajo de los inspectores

Ilustracion sobre el trabajo de los inspectores

La emigración española a América es uno de los fenómenos migratorios más prolongados de la historia. Desde finales del siglo XV hasta principios del XX, el movimiento de población por razones económicas o laborales fue continuo.

El mayor flujo se produjo partir de la década de 1880, con la llamada “emigración en masa” a ultramar, que se prolongó hasta la crisis de 1929 y llegó a su cima más alta en los años previos a la Primera Guerra Mundial.

La documentación sobre estos movimientos migratorios proviene de la memoria escrita, la fotográfica, la oral o sonora, la audiovisual y, desde finales del siglo XX, la memoria digital.

Pero la cantidad de información es enorme y sobre todo en lo referente a la documentación escrita, ya sea originada por los propios protagonistas-la más extensa-, o de fuentes oficiales como son listas de pasajeros, actas, acuerdos, documentación administrativa, centros e instituciones…

El libro “Pasajeros de tercera clase”, aborda el fenómeno migratorio a través de los informes oficiales de los inspectores de la emigración, que viajaban en los buques de transporte de emigrantes entre los puertos de salida de España y Europa y los puertos de destino en América en el primer tercio del siglo XX.

El vapor Cristóbal Colón en los muelles de Tampico, México

El vapor Cristóbal Colón en los muelles de Tampico, México

Escrito por José Julio Rodríguez, consejero de Empleo y Seguridad Social en las Embajadas de España en México, Cuba, Centroamérica y Panamá, y
Blanca Azcárate Luxán, profesora de Geografía en la UNED, este libro utiliza una gran cantidad de información escrita y gráfica para documentar la odisea de aquellos emigrantes españoles que partían en busca de una vida mejor.

Publicado por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, su gran importancia reside en que, en su mayoría, los que se embarcaban en este viaje eran personas con pocos o ningún recurso para dejar de algún modo constancia de sus experiencias.

Estas memorias de viaje, que en su mayoría salen por primera vez a la luz, y los inspectores que las redactaron, son la voz y la memoria de los miles de emigrantes que durante las primeras décadas del pasado siglo embarcaron hacia América en busca de una nueva vida.

Los informes que refleja el libro fueron realizados entre 1909 y 1931, durante el auge del uso de barcos de vapor y cuando la intensidad migratoria fue mayor.
Son memorias muy ricas en detalles y acompañadas de documentación. Reflejo de primera mano desde cómo se realizaba el embarque, las condiciones del viaje, la llegada a los puertos e, incluso, cómo era en un principio su vida en el lugar de destino.

Baile en la cubierta del Monte Sarmiento, 1915

Baile en la cubierta del Monte Sarmiento, 1915

El libro refleja aspectos tan importantes como la legislación migratoria, su organización burocrática o las compañías marítimas. Además, describe la acogida de estos emigrantes en los centros de destino, sus problemas laborales o las dificultades para la repatriación ya que los inspectores en sus informes no se limitaban al simple viaje transatlántico.

En aquellos momentos, La normas que debían cumplir las compañías y los buques de transporte eran muy limitadas, ambiguas, y en algunos casos inexistentes.
El control era exclusivo de las compañías navieras, lo que daba lugar a un auténtico monopolio por el que fijaban los precios de los pasajes, las rutas y puertos de escala más convenientes para ellos.

Los primeros viajes que describe el libro eran auténticas pesadillas, con pasajeros hacinados en todos los espacios libres sin ninguna comodidad, que comían donde y cuando se podía. Escasas provisiones de agua potable, insectos y roedores, falta de ventilación, ausencia de letrinas, instalaciones sanitarias y medidas higiénicas mínimas.

Hasta principios del siglo XX, las normas debían cumplir los buques eran muy escasas: sólo se obligaba, por ejemplo, a la existencia de un médico y un botiquín a cada nave con más de 60 pasajeros.

Menú para la tercera clase en el Cap Polonio

Menú para la tercera clase en el Cap Polonio

La poca precisión de estas normas llevó a un abuso generalizado sobre los emigrantes por parte de intermediarios, contratistas e incluso el personal de la nave durante el viaje.

Fruto de la presión ejercida durante años por el Instituto de Reformas Sociales, en 1907 se promulgó la Ley de Emigración. Se trataba de acabar con los abusos que sufrían los emigrantes, algo que empezó a lograrse con la creación del Consejo de Emigración y en mayor medida, con la figura del Cuerpo de Inspectores.

Se comenzaron a establecer reglas e instrucciones para delimitar los requisitos que debían cumplir las naves y que trataban de evitar las instalaciones defectuosas y la mala organización del servicio.

Las compañías, poco a poco, empezaron a asumir la necesidad de dar un viaje digno a los pasajeros de tercera clase. Mejoraron las condiciones de higiene y de alimentación. Se estableció la cantidad de agua potable mínima por día y por persona y se logró una mejora en la asistencia sanitaria durante el viaje.

Los inspectores de emigración debían registrar su trabajo para la protección del emigrante desde el lugar de salida, durante la travesía y llegada a su destino.
Estos informes incluían en muchos casos opiniones particulares y consejos para solucionar problemas y abusos encontrados por los emigrantes, así como denuncias “oficiales” de casos en los que no se habían cumplido las normas establecidas.

Inspector de Emigración en una visita a una hacienda brasileña con colonos españoles, 1920

Inspector de Emigración en una visita a una hacienda brasileña con colonos españoles, 1920

Sin embargo, no siempre la figura del inspector era bien vista por parte de los mismos emigrantes, quienes en ocasiones les veían como un obstáculo para sus planes, ya que debían controlar toda la documentación necesaria desde el momento del embarque.

Por otro lado, en un principio, sin un refuerzo legal que avalara su autoridad, los inspectores se encontraban con la desobediencia y desinterés por parte de capitán y tripulación lo que, según uno de los testimonios recogidos en el libro, “hace que nuestro papel a bordo sea ridículo”.

El libro refleja extensamente, y con el apoyo de estos informes de los inspectores, viajes concretos, algunos ya antológicos y no todos con un final feliz. Naufragios, epidemias, trasbordos ilegales, retrasos en la travesía con la consiguiente escasez de alimentos y agua, son algunos de los ejemplos que podemos ver.
Es el caso del Príncipe de Asturias, en 1916, cuyas calderas explotaron al chocar con un arrecife en la costa brasileña, o del vapor francés Italie, en cuyas bodegas se descubrieron decenas de cadáveres al llegar al puerto.

El vapor Valbanera poco antes de su naufragio

El vapor Valbanera poco antes de su naufragio

La extensa y precisa información aportada no acaba con el fin del viaje. En este libro podremos comprobar cómo era la llegada. Tras un viaje largo y no siempre en las condiciones idóneas, el sufrimiento de los emigrantes no acababa siempre en el puerto de destino.

Muchos de los inspectores, a pesar de que su trabajo oficial se limitaba al viaje, reflejaban en sus informes y memorias la situación que afrontaban los emigrantes españoles en el país de destino. Destacaban la falta de información antes del embarque, lo que hacía que estos emigrantes fueran presa fácil de las redes de explotadores que abusaban de ellos antes y después del viaje.

Los pasajeros desembarcados pasaban por filtros sanitarios y administrativos, siendo rechazados algunos de ellos y obligados a ser repatriados. Los que no llevaban un contrato de trabajo, una credencial o carta de algún organismo que avalara su entrada al país, pasaban tras sellar sus visados a campos de internamiento.
Estas instalaciones eran muchas veces la primera imagen que recibía el recién llegado de su anhelado destino. Eran construidos para atender y filtrar las grandes oleadas de inmigrantes, que llegaban casi diariamente a los puertos del continente americano.

Los campos, llamados hoteles y hospederías, son también reflejados en sus informes por los inspectores que en muchos casos denuncian el trato recibido y las condiciones que los emigrantes encontraban en estos centros.

foto inspectores

Foto publicada en exclusiva por Carta de España en la que se pueden ver en una comida a la mayor parte de los Inspectores de Emigración. Facilitada por los descendientes de Andrés Morales-uno de los Inspectores-, después de la lectura del libro

El libro también refleja la situación expuesta por estos inspectores una vez que el emigrante comenzaba su nueva vida en el país de acogida. Los problemas para encontrar trabajo, una vivienda, los fraudes a los que estaban expuestos por desinformación o necesidad.

Quienes no llevaban un contrato de trabajo previo o no tenían nadie conocido ni dónde ir, se veían de nuevo en manos de gente que se quería aprovechar de su situación, con ofertas de trabajo que les convertían prácticamente en esclavos o empujaban a las mujeres a la prostitución.
El nacimiento de las primeras asociaciones para defender a los emigrantes y la petición de los inspectores de apoyo institucional para su trabajo, también se refleja en los informes de los inspectores.

Asimismo, sus memorias documentan también el proceso del retorno a casa de los emigrantes. Según describe un inspector en 1912, “los más con la cabeza gacha y los menos con la bolsa llena. Unos de vuelta a las miserias de las que partieron y otros a disfrutar de sus ganancias”.

Y algo que muchos de estos profesionales destacaron, con gran sorpresa dadas las condiciones de estos emigrantes: la solidaridad. Solidaridad con sus propios compatriotas. Solidaridad con emigrantes de otras nacionalidades. Solidaridad que quizás pudo hacer un viaje tan difícil algo más llevadero.

Fernando Díaz 

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